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domingo, 15 de mayo de 2016

ANIVERSARIO EN EL RESTAURANT

La semana pasada fue mi décimo aniversario de boda y mi marido me sorprendió invitandome a cenar a un restaurante con espectáculo de nombre rimbombante, donde no habíamos ido nunca.

Así qu,e con nuestras mejores galas, nos fuimos hacia el local en el coche de San Fernando, unos ratitos a pie y otros andando.

Después de ser recibidos por un maitre que parecía ser una mezcla entre Freddy Krugger y Sr. Burns de los Simpsons, nos acomodaron en una mesa coja. Por un primer momento creí que se trataba una nueva sucursal del Bulli: las sillas estaban deconstruidas.
En la mesa había una copa de cada madre y lo que yo creí que era  el olor de encurtidos de algún aperitivo, resultó tener su origen en el agua de un jarroncito del todo a cien, donde había un ramillete de flores de plástico, típicos de cementerio, junto con un cirio, a todas luces robado de alguna iglesia, haciendo las veces de vela.

Nos sirvieron unas croquetas de pollo en el aperitivo que no pudimos ni llegar a probar; no es que estuvieran crudas, es que el gallo se posó encima del desértico craneo de mi marido y comenzó a cantar como si fueran las siete y media de la mañana. Encima, cuando se lo quitó de encima, al pollo le vino su "momento Allbran" y se lo hizo encima de mi marido, dejándole un manchurrón en su camisa favorita. 

El solícito camarero quiso quitarle la escatológica mancha con un trapo empapado en gasolina, pero con la llama del cirio pascual, la camisa salió ardiendo, así que se personó el maitre con el extintor y dejó a mi marido que parecía Papa Noel  pero sin gorro ni saco.
 
Que mientras nos estaban sirviendo con el segundo plato empezaran a entrar cámaras hacia la cocina me produjo infundadas sospechas de que el local no había sido la mejor elección. Mis peores temores se confirmaron cuando vi aparecer a Alberto Chicote, ataviado de Sombrerero Loco en colores, blandiendo un cucharón y vociferando que ya nos podíamos ir, que se acababa el servicio. La cosa terminó saliendo de allí corriendo, seguidos del gallo cagón que se había encantado con mi marido. Como espectáculo resultó bastante original.

Después de esa noche, tan especial e inolvidable, hemos decidido que el año que viene celebraremos nuestro aniversario en el Parque de la Warner en Madrid: al gallo le hace ilusión conocer a Piolín y al Gallo Claudio.


Núria Graell