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viernes, 19 de mayo de 2017

REINVENTA O REVIENTA

El otro día a Kiko, el marido de mi amiga Cuqui, en una visita al médico por un dolor de oído, este aprovechó para pesarlo y mirarle la tensión. 

—Vaya, vaya, Kiko, parece que ha abusado de las cañas y de los torreznos—exclamó el galeno ante las cifras que mostraban la bascula y el tensiómetro, respectivamente.

—Bueno, yo cuando vuelvo de trabajar...—Replicó Kiko, rojo como un pimiento morrón.

—¡Cañas y torreznos, dice!—Exclamó Cuqui—Tendría que verlo cuando le sirvo el potaje, doctor.¡Parece un Tyranosauro Rex que no haya comido nada desde lo del meteorito!

—Pues vamos a ponerle remedio. Tendrá que controlar la dieta y sobretodo hacer ejercicio, de cualquier tipo.¿De acuerdo?—Preguntó el médico mientras Kiko asentía.

—Mira, Cuqui, yo a mi edad no me veo trotando por la calle con unas mallas rosas que me marquen toda la carne del cocido ni tampoco de ir en bici con un casco, con pinta de Calimero jubilado. Prefiero hacer ejercicio en casa, con una bicicleta estática cuando vuelva de trabajar—dijo Kiko al salir de la consulta.

—Me parece muy bien, así yo también podré hacer ejercicio mientras veo el "Sálvame"—respondió Cuqui.

Así que fueron al hipermercado de deportes y se compraron una Mega Fitness Special Edition Fashion, con el asiento tapizado con fibra de vidrio, para estar obligado a pedalear de pie y hacer más ejercicio.

Cada tarde, cuando Kiko volvía de trabajar, le daba a los pedales. Poco a poco. empezó a picarse y a coger tanta velocidad que, una tarde, salió disparado hacia la cocina y se precipitó de cabeza al fregadero. Cuqui se asustó y tuvo que llamar a una ambulancia para que se lo llevaran al hospital.

Total, que Kiko estuvo ingresado unos meses y cogió una baja muy larga. En su empresa tenían muy poco espíritu deportivo y aprovecharon para despedirlo. Con el subsidio de desempleo, no tenía ni para pipas, pero mi amigo no se vino a bajo. Es muy manitas y montó un par de ruedas a la bicicleta estática y una muela en la parte de atrás. Cogió un silbato de su sobrino y empezó a hacer de afilador por las calles. Y así fue como logró bajar (¡definitivamente!) su peso y su tensión arterial.


Núria Graell
Mayo 2017

domingo, 15 de mayo de 2016

ANIVERSARIO EN EL RESTAURANT

La semana pasada fue mi décimo aniversario de boda y mi marido me sorprendió invitandome a cenar a un restaurante con espectáculo de nombre rimbombante, donde no habíamos ido nunca.

Así qu,e con nuestras mejores galas, nos fuimos hacia el local en el coche de San Fernando, unos ratitos a pie y otros andando.

Después de ser recibidos por un maitre que parecía ser una mezcla entre Freddy Krugger y Sr. Burns de los Simpsons, nos acomodaron en una mesa coja. Por un primer momento creí que se trataba una nueva sucursal del Bulli: las sillas estaban deconstruidas.
En la mesa había una copa de cada madre y lo que yo creí que era  el olor de encurtidos de algún aperitivo, resultó tener su origen en el agua de un jarroncito del todo a cien, donde había un ramillete de flores de plástico, típicos de cementerio, junto con un cirio, a todas luces robado de alguna iglesia, haciendo las veces de vela.

Nos sirvieron unas croquetas de pollo en el aperitivo que no pudimos ni llegar a probar; no es que estuvieran crudas, es que el gallo se posó encima del desértico craneo de mi marido y comenzó a cantar como si fueran las siete y media de la mañana. Encima, cuando se lo quitó de encima, al pollo le vino su "momento Allbran" y se lo hizo encima de mi marido, dejándole un manchurrón en su camisa favorita. 

El solícito camarero quiso quitarle la escatológica mancha con un trapo empapado en gasolina, pero con la llama del cirio pascual, la camisa salió ardiendo, así que se personó el maitre con el extintor y dejó a mi marido que parecía Papa Noel  pero sin gorro ni saco.
 
Que mientras nos estaban sirviendo con el segundo plato empezaran a entrar cámaras hacia la cocina me produjo infundadas sospechas de que el local no había sido la mejor elección. Mis peores temores se confirmaron cuando vi aparecer a Alberto Chicote, ataviado de Sombrerero Loco en colores, blandiendo un cucharón y vociferando que ya nos podíamos ir, que se acababa el servicio. La cosa terminó saliendo de allí corriendo, seguidos del gallo cagón que se había encantado con mi marido. Como espectáculo resultó bastante original.

Después de esa noche, tan especial e inolvidable, hemos decidido que el año que viene celebraremos nuestro aniversario en el Parque de la Warner en Madrid: al gallo le hace ilusión conocer a Piolín y al Gallo Claudio.


Núria Graell